lunes, 6 de septiembre de 2021

Costumbres


 Los primeros compases de la banda iniciaron las fiestas allá en el pueblo. Había llegado mi momento. Fui tan sigilosa al salir que ni mis padres ni ninguno de mis hermanos se despertaron. Ellos nunca me han dejado acercarme siquiera. Dicen que viviendo en el campo estamos a salvo, que tendría que ver cómo se las gastan los mozos del pueblo. Tonterías. En la carretera de entrada me he encontrado con varios de ellos, que han festejado mi llegada entre risas y bromas. Ahora me llevan a visitar el campanario. El más guapo me acaricia el lomo, y su amigo me guía, tirando suavemente de mis cuernos. 


domingo, 15 de agosto de 2021

El poder de la palabra

 Dice mi fiel amigo Yago que me cuide del bardo inglés que nos visita estos días, el mismo que escribió aquel dramón de los amantes desgraciados y un poco tontos de Verona. Al parecer, ha llegado a Venecia para inspirarse y ha puesto sus ojos en Desdémona. Según me cuenta Yago, anda diciendo que mi raza y mi nación me hacen indigno del amor de mi bella esposa, solo porque ella lo ha rechazado muerta de risa. Que suspire y llore sus amores todo lo que quiera, que me odie cuanto desee. Todo el mundo en Venecia me conoce: no soy celoso, y este asunto, lejos de preocuparme, me divierte. Además del amor de Desdémona tengo riquezas, y hombres leales a mi servicio ¿qué podría lograr contra mí ese poeta solitario, pobre como las ratas, si solo cuenta con su pluma?


lunes, 9 de agosto de 2021

La chica de la ventana

 Nos hacen ir y volver juntos. Dicen que forma parte de la terapia, de las reglas de ese estúpido programa de reeducación juvenil al que nos obligan a acudir cada tarde. Pero la vida es una mierda, y lo peor es tener que compartirla con otros fracasados. Solo hay un momento que merece la pena: cuando pasamos bajo la ventana de la chica pálida y ojerosa, que nos contempla con un libro entre las manos. Entonces, sin necesidad de ponernos de acuerdo, fingimos que somos felices, que rebosamos vida y feromonas, y a veces hasta nos besamos.



lunes, 2 de agosto de 2021

Cuando la revolución se venga abajo

 Éramos jóvenes y todo, salvo nuestros sueños, estaba por estrenar. Tú me convenciste con aquella lluvia de adverbios: siempre, nunca. Y con aquellos ojalás llenos de amor revolucionario. Pero ni la vida ni yo somos una canción, compañero. Con mis pechos y mis nalgas, fue cayendo también tu utopía de amor y justicia, y creció tu barriga. Te dieron un puesto, las promesas se retrasaban, y siempre los demás tenían la culpa. Tus ojalás empezaron a buscar otras bocas más frescas y más crédulas. Yo me alejo ya de ti, desconfiando para siempre de cualquier siempre, de cualquier nunca.




martes, 6 de julio de 2021

Una poética o así

 Poned sobre los campos 

un carbonero, un sabio y un poeta. 

Veréis cómo el poeta admira y calla, 

el sabio mira y piensa... 

Seguramente, el carbonero busca 

las moras o las setas. [...]

                Antonio Machado



Nadie habrá dejado de notar que en ocasiones un pequeñísima grieta aparece justo en mitad de la realidad. Es como si se le hubiese saltado una lasca a esa leve capa de pintura que lo cubre todo, como si por un momento el azogue del espejo que no vemos amenazara con salir a la superficie, como si a algún tramoyista se le hubiera caído una herramienta en un despiste. Puede ser una leve injusticia (no sé, niños empeñados en morirse de hambre en las noticias, señores muy ricos condenados a no poder sacudirse la riqueza de los dedos, la humillación sorda de los desesperados,...), pero también un fallo general del sistema (la soledad de las montañas que no llegaron a ser el Everest, un ornitorrinco hojeando un libro de zoología, tú queriendo abrir un caja de medicinas sin toparte con el prospecto).


El poeta llorará entonces por este mundo roto, lamentando haber perdido aquel tique que le dieron para descambiarlo, en una infancia que insiste en afirmar que tuvo. O puede incluso que glose la hermosura de la línea quebrada que la grieta dibuja. El dramaturgo enfrentará a dos hermanas de luto para ver cuál de las dos escapa por esa brecha. El narrador, por su parte, escribirá más o menos páginas según su aliento, sobre el señor que lo rompió y sus motivos, su mujer, sus hijos y su padre, y cómo generaciones enteras se enfrentaron en vano a ese desconchón, como a una ballena blanca. Si es un cuentista americano, ocurrirá en una caravana mugrienta y no mencionará la grieta en todo el relato, temiendo ser demasiado evidente. 


Solo un microrrelatista hará lo único que nos es dado hacer, quizás porque vendería su alma por un golpe de efecto, o simplemente por ver si implosiona ya el universo conocido. En fin, lo digo de una vez: solo el microrrelatista se armará de valor y poesía y llamará a Joseba, el eterno cristalero de carglás.


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Hoy, 6 de julio, a las 19 horas, se presenta Yo, que tantos hombres he sido, en la librería Cervantes y Compañía. Se puede reservar para la presentación virtual en info@cervantesycia.com (para la presencial por lo visto, ya hay aforo completo). También podéis acudir sobre las 8 para la firma, sin reserva. O bien reservar un libro dedicado escribiendo a la misma dirección, y os la mandan desde mañana día 7.

 

martes, 18 de mayo de 2021

Juan Sin Vergüenza

Érase que se era un niño, llamado Juan, que no conocía la vergüenza. Daba besos y hacía sus monerías a quien sus padres le pusieran por delante. Luego, ya adolescente, disfrutaba cuando su mamá iba a verlo a la puerta del instituto, le hacía mimitos y le arreglaba el pelo delante de sus amigos. 



Un especialista sentenció que la ausencia de determinada hormona le impediría avergonzarse para siempre.


Juan peregrinó durante años en busca de soluciones: visitó un convento de madres ursulinas y, salvo espantarlas a todas, no obtuvo ningún avance; localizó a los payasos callejeros y a los mimos más lamentables, pero no logró ruborizarse ni como espectador ni reproduciendo él mismo los números que perpetraban. Finalmente, puso un cartel en el recibidor de su casa para recordar que no debía abrir la puerta sin ponerse al menos unos calzoncillos.

 

Le dijeron que tenía talento para la política. Su ascenso meteórico en el partido le llevó hasta la cúpula donde se fijaban estrategias y pactos. Al poco tiempo, notó cómo una quemazón desconocida le nacía desde las tripas y le hacía enrojecer por dentro y por fuera. Junto con su dimisión, dejó también una carta de agradecimiento.


jueves, 28 de enero de 2021

Clases prácticas

 " Lo maté porque era de Vinaroz."

Max Aub, Crímenes ejemplares



Siempre me estoy encontrando alumnos. Por todas partes. Antiguos y actuales. Esto, que no deja de ser una simple curiosidad, una costumbre mía, como los médicos que se topan con sus pacientes en la sección de congelados del supermercado y han de resolverles las dudas sobre su dosis de Sintrom, o los actores que se ponen gafas de sol para pasear al perro, no tendría más importancia si no fuera porque ahora acaba de ocurrir justo cuando iba a deshacerme del último cadáver.


Pero recapitulemos. He dicho alumnos antiguos y actuales. Y no es lo mismo. Los alumnos actuales oscilan entre el instinto de esconderse o el de saludar como el perro de caza que marca su hallazgo. Porque para los alumnos no existimos fuera de la clase, y les resulta inconcebible que tengamos vida fuera de ella. Se creen que dormimos el sueño de los justos fuera del horario de clase, como sus libros, y que hacemos logaritmos o análisis sintácticos hasta que nos vence el sueño, para hibernar entonces hasta la próxima clase, perfectamente dobladitos en nuestras cajas. Así que nos miran como si hubieran visto al monstruo del Lago Ness cuando nos ven bajando la basura, o haciendo cola en el médico...o trasladando a una víctima.



Los antiguos alumnos, en cambio, se saben ya fuera de nuestro alcance, y nos miran como una reliquia del pasado, de su pasado. Puede ser el alivio en su culpabilidad de habernos deseado tantas veces la muerte. El caso es que se paran, y hablan con nosotros, para poner todo su empeño en demostrarnos que crecieron, que las profecías que ellos imaginan que hicimos sobre su fracaso se incumplieron estrepitosamente. Claro que cuando llevas un cuerpo enrollado en una alfombra todos los manuales del buen criminal te desaconsejan pararte con un antiguo alumno empeñado en desplegar ante ti su currículum.


Yo he de confesar que nunca sentí demasiada vocación. Estudié lengua buscando un poco de orden en un mundo empeñado en no poner nunca en su sitio los puntos ni las comas. Confieso que en los comienzos me deslumbró la posibilidad de atajar la plaga de errores allí donde nacían, en las hojitas de cuadros de los cuadernos. Pero era como vaciar el mar. Por eso admiro a mis compañeros militantes, que consagran su vida a intervenir en la masa de sus alumnos cuando todavía está fresca. Y mucho más a aquellos otros que juegan con su presa, ilusionándolos con su aura de profe enrollado, como si fueran el mismísimo profesor Keating de Los poetas muertos, para luego dejarlos caer desde lo alto en los abismos de la desilusión, con suicidio o sin él. 


Así que pronto decidí buscar mi realización personal fuera del oficio. Al igual que mis compañeros cultivan la natación, el mindfulness, la cría de sus propios hijos o el cuidado de sus padres achacosos, a mí me dio por el crimen. He de decir que fue por casualidad, no me arrogaré méritos que no me corresponden. Fue primero un atropello involuntario del cliente que salía sin mirar de un club de carretera, más tarde la forma de resolver el problema de un vecino demasiado aficionado a Camela y al subwoofer. Luego alguien me regaló los Crímenes ejemplares de Max Aub y aquello se convirtió en afición. Aquel publicista empeñado en ponerle una molesta tilde a la palabra ti, el señor que daba charlas de motivación y hacía siempre un gesto con los deditos como si le pusiera comillas al aire...


Pero, decía, el problema es esta costumbre mía de encontrarme alumnos. Ahora, a las tres de la mañana, me acabo de encontrar con uno. Yo bajaba al garaje de mi edificio, como ya os he dicho, con mi víctima perfectamente enrollada en una alfombra, porque soy un clásico. Y, de pronto, sale de la nada un antiguo alumno que, al parecer, es vecino y periodista, y que vuelve a estas horas del cierre de su redacción. Y con ganas de hablar, y de contarme y demostrarme sus éxitos, sus másteres, sus corresponsalías, todo ello salpicado de anglicismos de significado misterioso. Lo que ocurre es que yo soy incorregible, y por más que hago propósitos de enmienda mi afán pedagógico me traiciona. Porque cuando al fin deja de exhibir su currículum, se le ocurre decirme que a esas horas y con una alfombra enrollada, parecería que vengo de acometer un crimen. De masacrar a alguien. ¿Se imagina? dice. Y sin pedir permiso se apresura a ayudarme para cargar el muerto en el coche. 


Así que he acabado haciendo horas extras, para aclararle que para masacrar, sin duda, no bastaba con ese muerto, debería ser capaz de acabar con una masa de individuos. ¿Se ofrece Vd. voluntario para engrosar el número? Él me contesta con una carcajada nerviosa, dudando todavía sobre si yo estoy bromeando o no. Y respecto a acometer, los crímenes se cometen, las tareas se acometen. Salvo que hablemos de una acometida. Ahora, por ejemplo, sí que le estoy acometiendo... Y dicho y hecho: le embisto con la llave inglesa que guardo para las grandes ocasiones. Ahora tengo que enterrar dos cadáveres, sí. Pero siempre he creído que no hay mejor enseñanza que la práctica.


Errare humanum est

 Como no tenéis corazón, no os importa que yo haya entregado mis mejores años al proyecto Munchausen. Vuestros androides me reclutaron en la...