No puedes dormir, es imposible. Te has pertrechado de libros y linterna para pasar la noche lo mejor posible, oculto bajo las mantas. Ya quisieras tú dormir, en esta noche que siempre transcurre a paso de camello. La mejor noche del año, la más terrible. Ahí estás, inmóvil en la oscuridad, ahora que te han cerrado la puerta, y que tu hermano mayor ya duerme a tu lado como si el universo no pendiera de un hilo dorado esta noche. Le has pedido prestado el walkman porque no quieres oír ningún ruido de los que suena por la casa, porque no quieres profanar la noche parándote a averiguar cuál de ellos es rutinario y suena en realidad todas las demás noches mientras tú duermes, y cuál corresponde a la magia en zapatillas. Ya tienes una edad, te dijeron hace unos meses, ya es hora de que sepas. Pero eso no te ha quitado los nervios. La decepción de conocer el truco del ilusionista no te hace abjurar de la ilusión. El año pasado, cuando te despertaste por la mañana, aunque tú jurarías que no habías dormido ni un minuto, la puerta de tu cuarto volvía a estar abierta, y un reguero de caramelos brillaba en el pasillo. Y en el bolsillo de tu bata de cuadros, sobre tu misma cama, descubriste una piedra negra y reluciente. Ya tienes una edad y es hora de que sepas, aunque tú no pediste saber, aunque tú te peleabas en clase con tus compañeros, tan escépticos, tan creídos, tan mayores ellos. Existen ¿me vais a decir a mí que no existen?
Ya tienes una edad como para pasarte dos horas en plena madrugada poniendo pegatinitas a los puñeteros juguetes de los niños, después de sacarlos de cajas llenas de alambritos, envoltorios diseñados para resistir al apocalipsis nuclear, para producir tanto desecho de plástico y cartón como sea posible, juguetes pensados para que un padre se pase media noche pegando miniaturas, componiendo piezas para que la magia no sepa a cajas de corteinglés. Todo después de fingir la normalidad de cada noche, nosotros también nos acostaremos temprano, claro, no queremos que los Reyes nos pillen despiertos y se vayan. Y acercarse al cuarto, y decidir entre risas ahogadas y susurros si esa respiración es de niños dormidos o de nerviosismo y ojos apretados. Y cuando ya decidís que sí, que es el momento de la magia de altillos y escondites, un crujir excesivo de bolsas, una pieza que se te cae de las manos y rebota con un escándalo de accidente aéreo, y quedáis paralizados y en silencio, sintiéndote tú el ayudante torpe y traidor, que ha estado a punto de dejar al descubierto el truco de esta noche.
Ya tienes una edad, así que proteges a tu hermano pequeño, y te indignan todas las pistas que dan por la tele. Es cierto que ha habido un locutor cómplice y un poco rimbombante que ha contado en el telediario que esta noche los de la limpieza regarían las calles con mangueras de niebla para ponerle fácil el trabajo a Sus Majestades. Pero es una isla en un océano de indiscreciones pequeñas y enormes. Hubieras fulminado a ese padre con el que os habéis cruzado esta noche, cuando volvíais de visitar a Juana, la viejita que es medio pariente y vive dos calles más allá, y de llevarle su roscón, como cada año. El padre iba cargado con una bolsa enorme, y un todavía más enorme camión de plástico amarillo, un camión evidente, provocativo, que sus prisas de cinco de enero por la noche le impedían ocultar como es debido. Entonces se te ha ocurrido la genialidad de provocar una pelea con tu hermano, para enfadarle, para distraerle, porque te sientes un profesional del engaño y la estratagema, porque es importante que no se dé cuenta, él que todavía no se da cuenta, en realidad no entiendes cómo. Así que recibes la bronca de tus padres como un espía con motivos heroicos para callar, como un mártir de la Magia.
Quizá porque ya tienes una edad, tus padres hace mucho que no están, y esta noche los echas minuciosamente de menos. El regateo sobre la hora a la que nos podremos levantar mañana, la negociación al revés donde cada minuto de adelanto era una conquista. Tu padre se divertía dándoos largas, y tu madre con pequeños codazos, no seas así. Pactáis que cuando se vea la luz del sol sí, entonces si podréis gritar ¡los Reyes, los Reyes! e irlos a despertar, y abrigarse con la bata en el pasillo helado, brillante de caramelos, con una misteriosa notita pegada con celo en la puerta del salón, donde las coronitas dibujadas no son suficientes para disimular la letra evidente de tu madre ¿no se da cuenta? que mi hermano no ate cabos, por favor. Y los gritos impostados de tu padre, que nunca ha sabido hablarle a los niños, la risa de mamá que sí sabe, pero se muere de risa viendo los intentos de papá, que por fin ha consentido en salir de la cama, pero se pasa una eternidad en el cuarto de baño peinándose, provocándonos con su tardanza. mientras ya nos hemos leído ocho veces la nota y estamos dando saltos en el pasillo helado mientras le esperamos para abrir la puerta y gritar ooohhhh. Hoy con la impresora se hacen maravillas, y te has descargado un tipo de letra que solo usas esta noche, aunque los acentos tenéis que ponérselos a mano, y tu mujer es una Maga de los envoltorios y los cartelitos, una escaparatista casera que deja el salón irreconocible con tu ayuda patosa. Pero esta mañana eres tú el que tienes que despertar a los niños, es el mundo al revés, te dices, y piensas en tu padre, y en las pegatinas que te han dado la noche, en el punto de sadismo de los fabricantes de juguetes, que se aprovechan de que no tenemos escapatoria.
Tú ya tienes una edad, sin duda, y sabes que todo el tiempo se comprime en esta noche extraña, y tú eres tú, y tus padres, y tus hijos al mismo tiempo. Que todo el universo pende esta noche de un finísimo hilo dorado, pero ya es de día, por fin: ¡Arriba, niños, los Reyeeeeeees!
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lunes, 6 de enero de 2020
viernes, 3 de enero de 2020
Tradiciones
“Dame el aguinaldo, / carita de rosa / que no tienes cara/ de ser tan roñosa. / La campana gorda / de la catedral / que te caiga encima / si no me lo das...”
Los chicos cantaban siempre ese villancico, no había más malicia. Pero escucharlo del hijo del campanero, después de lo que pasó, y siendo yo la nueva sacristana, me hizo buscar el monedero sin tardanza.
Los chicos cantaban siempre ese villancico, no había más malicia. Pero escucharlo del hijo del campanero, después de lo que pasó, y siendo yo la nueva sacristana, me hizo buscar el monedero sin tardanza.sábado, 5 de enero de 2019
Portarse bien
No, Mario ya no era un buen muchacho. En eso había unanimidad. Empezando por la maestra, que le repetía a su padre que tenía que meterlo en cintura. No debía dejarse engañar por el aspecto de animal herido en el que se había atrincherado desde que la madre faltaba. El niño necesitaba orden y mano dura en casa. Bien es cierto que mano dura ya la tenía cada vez que el padre estallaba de soledad y alcohol al volver de la taberna. Pero, al parecer, de nada servían los castigos. Mario había cambiado, y para mal, a medida que se iba acercando la Navidad. Ya no quedaba nada de aquel niño noble y educado de cuando la madre estaba con ellos. Y eso que le habían advertido de que los pajes de los Reyes lo vigilaban todo en esos días. Claro que tampoco es que a Mario le hubieran traído juguetes muy lucidos otros años. A veces ni siquiera juguetes: una muda nueva, unos calcetines que suplieran a los que la madre ya no iba a remendar nunca.
Finalmente, la maestra optó por expulsarlo después del episodio del ratón. Mario había dejado escapar aquel bicho enorme, y fue la revolución. La maestra y la mitad de los niños subidos a los pupitres, mientras la otra mitad se ocupaba de la alborozada cacería, destrozándolo todo a su paso. Aquello no podía ser un accidente, una travesura sin más, dijo la maestra. Había un plan deliberado, sostenía, y argumentaba su larga experiencia, su amplio conocimiento de la condición de cada niño. Así que le dijo al padre que hasta ahí habían llegado. Que ni se molestara en volver tras las vacaciones de Navidad, que otros niños pobres iban a agradecer más lo que se hacía por ellos.
El comportamiento de Mario fue a peor en los días siguientes. Si aquello era un plan, si respondía a algún tipo de venganza debida a su maldad, como sostenía la maestra, la estaba ejecutando escrupulosamente. Martirizaba a los perros del barrio con latas viejas en el rabo. Ponía piedras al paso de los carruajes para escuchar los gritos de las señoras de postín con los baches inesperados. Rompía todas las botellas que encontraba guardadas por la casa. El día de Navidad, por fin, el padre no pudo más y lo dejó con la abuela, en aquella casucha fría y destartalada. Fueron un par de días, quizá tres. Mario pasó las noches, y parte de aquellos días, acurrucado a los pies de la abuela, dejándose acariciar como un perrillo. Su abuela y él casi no hablaban, pero la presencia de la vieja era lo más sólido a su alcance, como si su madre todavía estuviera ahí, como si todavía pudiera acariciarlo.
En Nochevieja no fueron solo los petardos: el cura sorprendió a Mario rompiendo a pedradas las ventanas de la iglesia. No pudo encontrar a su padre en ninguno de los sitios habituales, así que tuvo que llevárselo a la abuela cogido de la oreja, no sin antes repetirle la cantinela de que los Reyes Magos se lo harían pagar. ¡Y todavía sonreía el muy desgraciado!
Pero, ya el mismo cinco de enero, la fechoría superó todos los límites cuando se atrevió a robarle los caramelos al cartero real que la única tienda grande del barrio había traído aquel año.
Cuando llegó la mañana del día seis, tal y como todos se habían empeñado en recordarle, un saco de carbón fue todo lo que amaneció en su casa. El padre, recién llegado y todavía en la puerta, se sonreía esperando su reacción. Porque tendría que reaccionar al fin. Y sí que reaccionó, pero no como él esperaba. Como si toda su maldad se hubiera esfumado de pronto, su cara se iluminó y, tras pedir permiso a su padre, que no supo qué contestar, corrió con el botín a casa de su abuela, atropellando a todos a su paso:
–¡Abuela, los Reyes han cumplido su parte! ¡Mira lo que te traigo! ¡Carbón para el brasero!
lunes, 24 de diciembre de 2018
Invasión
Vienen con todo el cansancio a cuestas, con la melancolía de todas las negativas que ya esperan, porque en el fondo saben que piden demasiado. Van llamando de puerta en puerta, aparecen incluso en el telediario. Sin dinero, sin papeles, restregándonos sin pudor su miseria ¿quién va a alojarles, en estas fechas? ¿cómo fiarse? ¿cómo no decirles que no, con todo el dolor de nuestro corazón? Hay que poner límites, no es cosa nuestra. Para eso se inventaron las leyes, las alambradas, el orden. ¿Pero quién les habrá abierto abajo? Ya hay quien les da mantas, quien les prepara centros donde esperar a que se les devuelva al sitio al que pertenecen.
Se hace tarde, hay que prepararlo todo. Pero ellos vagan, buscando, preguntando. Algún desalmado intenta aprovecharse de ellos. Ya se sabe, las mafias siempre. Nosotros no, somos gente de orden. Hay que respetar la ley. Y todavía siguen vagando. Vienen embarazadas, no diré yo que para aprovecharse de nuestros privilegios, de la sanidad y la ciudadanía, pero debieran cuidar más al fruto de su vientre. Vienen con niños mocosos, huyendo de vagas persecuciones, improvisando para ganarse el asilo historias de reyezuelos inverosímiles, que matan niños inocentes, que reclutan niños soldados. A veces son de aquí mismo, y entonces se me parte el alma. Mi vecina Pastora está en un grupo de voluntarios, y sale a atenderlos de noche, como una iluminada. Le digo que no sea imprudente, que se puede llevar un testarazo. Los veo marcharse por la escalera. Les he dado un bocadillo, pobrecitos. Menos mal que pasará la Navidad, guardaremos el árbol, los adornos y las luces y con ello nuestra mala conciencia hasta el año que viene.
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| José y María buscan posada a su llegada a Belén, de Abel Grimmer, Museo del Prado |
jueves, 20 de diciembre de 2018
Pedagogía
Papá siempre ha buscado lo más conveniente para mí. Ya de pequeño sospechaba yo que, de algún modo misterioso, él también influía sobre lo que me dejaban los Reyes Magos, que siempre acataban su concepto de lo útil y lo educativo. Y en aquella época, un juego educativo significaba ñoño hasta el aburrimiento. Yo suspiraba por un coche teledirigido: su respuesta fue aquella ambulancia blanca, sin luces, unida a su mando por un cable de metro y medio. Era como pasear un perrito. Pero un año, por fin, sus Majestades me concedieron uno sin cables, tal y como les había dejado bien claro en mi carta. Resultó ser monomando: atrás y adelante, nada más. Ni volantito ni palancas.
Ahora que le estamos preparando la fiesta de jubilación en la principal de nuestras empresas, a mí, como vicepresidente, me toca encargarme del regalo. Va a ser toda una sorpresa. Él siempre ha querido un Aston Martin descapotable. Y últimamente, su compromiso con el medio ambiente resulta de lo más convincente. Así que he logrado encontrar uno con cero emisiones. Precioso, azul. Funciona mediante un mecanismo de cuerda que le da una autonomía considerable. Cuesta abajo, supera incluso los veinticinco metros.
Publicado en ENTC, donde proponen escribir un relato de no más de 200 palabras a partir de la foto de Robert Doisneau.
ACTUALIZACIÓN: Es uno de los tres finalistas del mes de diciembre, y seleccionado por tanto para su publicación en una antología en papel, y para la final anual ¡Muchas gracias!
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| Foto: Robert Doisneau. |
Ahora que le estamos preparando la fiesta de jubilación en la principal de nuestras empresas, a mí, como vicepresidente, me toca encargarme del regalo. Va a ser toda una sorpresa. Él siempre ha querido un Aston Martin descapotable. Y últimamente, su compromiso con el medio ambiente resulta de lo más convincente. Así que he logrado encontrar uno con cero emisiones. Precioso, azul. Funciona mediante un mecanismo de cuerda que le da una autonomía considerable. Cuesta abajo, supera incluso los veinticinco metros.
Publicado en ENTC, donde proponen escribir un relato de no más de 200 palabras a partir de la foto de Robert Doisneau.
ACTUALIZACIÓN: Es uno de los tres finalistas del mes de diciembre, y seleccionado por tanto para su publicación en una antología en papel, y para la final anual ¡Muchas gracias!
jueves, 13 de diciembre de 2018
Atención al cliente
Muy señor mío:
Tras su reclamación, la empresa me anima a que le escriba esta carta de disculpa, y le hace llegar un bono para canjear por servicios futuros, sin caducidad, por supuesto. En mi favor he de decir que volvíamos de la comida de empresa, y me dejé llevar del espíritu navideño. El turrón, el cava y las peladillas solo pretendían animarles.Y no creo que a su padre le importara demasiado lucir esa preciosa diadema de reno. Donde reconozco mi exceso de entusiasmo fue en la nievecita y las luces multicolores por todo el féretro.
Tras su reclamación, la empresa me anima a que le escriba esta carta de disculpa, y le hace llegar un bono para canjear por servicios futuros, sin caducidad, por supuesto. En mi favor he de decir que volvíamos de la comida de empresa, y me dejé llevar del espíritu navideño. El turrón, el cava y las peladillas solo pretendían animarles.Y no creo que a su padre le importara demasiado lucir esa preciosa diadema de reno. Donde reconozco mi exceso de entusiasmo fue en la nievecita y las luces multicolores por todo el féretro.
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