lunes, 6 de enero de 2020

La noche de los tiempos

No puedes dormir, es imposible. Te has pertrechado de libros y linterna para pasar la noche lo mejor posible, oculto bajo las mantas. Ya quisieras tú dormir, en esta noche que siempre transcurre a paso de camello. La mejor noche del año, la más terrible. Ahí estás, inmóvil en la oscuridad, ahora que te han cerrado la puerta, y que tu hermano mayor ya duerme a tu lado como si el universo no pendiera de un hilo dorado esta noche. Le has pedido prestado el walkman porque no quieres oír ningún ruido de los que suena por la casa, porque no quieres profanar la noche parándote a averiguar cuál de ellos es rutinario y suena en realidad todas las demás noches mientras tú duermes, y cuál corresponde a la magia en zapatillas. Ya tienes una edad, te dijeron hace unos meses, ya es hora de que sepas. Pero eso no te ha quitado los nervios. La decepción de conocer el truco del ilusionista no te hace abjurar de la ilusión. El año pasado, cuando te despertaste por la mañana, aunque tú jurarías que no habías dormido ni un minuto, la puerta de tu cuarto volvía a estar abierta, y un reguero de caramelos brillaba en el pasillo. Y en el bolsillo de tu bata de cuadros, sobre tu misma cama, descubriste una piedra negra y reluciente. Ya tienes una edad y es hora de que sepas, aunque tú no pediste saber, aunque tú te peleabas en clase con tus compañeros, tan escépticos, tan creídos, tan mayores ellos. Existen ¿me vais a decir a mí que no existen?


Ya tienes una edad como para pasarte dos horas en plena madrugada poniendo pegatinitas a los puñeteros juguetes de los niños, después de sacarlos de cajas llenas de alambritos, envoltorios diseñados para resistir al apocalipsis nuclear, para producir tanto desecho de plástico y cartón como sea posible, juguetes pensados para que un padre se pase media noche pegando miniaturas, componiendo piezas para que la magia no sepa a cajas de corteinglés. Todo después de fingir la normalidad de cada noche, nosotros también nos acostaremos temprano, claro, no queremos que los Reyes nos pillen despiertos y se vayan. Y acercarse al cuarto, y decidir entre risas ahogadas y susurros si esa respiración es de niños dormidos o de nerviosismo y ojos apretados. Y cuando ya decidís que sí, que es el momento de la magia de altillos y escondites, un crujir excesivo de bolsas, una pieza que se te cae de las manos y rebota con un escándalo de accidente aéreo, y quedáis paralizados y en silencio, sintiéndote tú el ayudante torpe y traidor, que ha estado a punto de dejar al descubierto el truco de esta noche.

Ya tienes una edad, así que proteges a tu hermano pequeño, y te indignan todas las pistas que dan por la tele. Es cierto que ha habido un locutor cómplice y un poco rimbombante que ha contado en el telediario que esta noche los de la limpieza regarían las calles con mangueras de niebla para ponerle fácil el trabajo a Sus Majestades. Pero es una isla en un océano de indiscreciones pequeñas y enormes. Hubieras fulminado a ese padre con el que os habéis cruzado esta noche, cuando volvíais de visitar a Juana, la viejita que es medio pariente y vive dos calles más allá, y de llevarle su roscón, como cada año. El padre iba cargado con una bolsa enorme, y un todavía más enorme camión de plástico amarillo, un camión evidente, provocativo, que sus prisas de cinco de enero por la noche le impedían ocultar como es debido. Entonces se te ha ocurrido la genialidad de provocar una pelea con tu hermano, para enfadarle, para distraerle, porque te sientes un profesional del engaño y la estratagema, porque es importante que no se dé cuenta, él que todavía no se da cuenta, en realidad no entiendes cómo. Así que recibes la bronca de tus padres como un espía con motivos heroicos para callar, como un mártir de la Magia.

Quizá porque ya tienes una edad, tus padres hace mucho que no están, y esta noche los echas minuciosamente de menos. El regateo sobre la hora a la que nos podremos levantar mañana, la negociación al revés donde cada minuto de adelanto era una conquista. Tu padre se divertía dándoos largas, y tu madre con pequeños codazos, no seas así. Pactáis que cuando se vea la luz del sol sí, entonces si podréis gritar ¡los Reyes, los Reyes! e irlos a despertar, y abrigarse con la bata en el pasillo helado, brillante de caramelos, con una misteriosa notita pegada con celo en la puerta del salón, donde las coronitas dibujadas no son suficientes para disimular la letra evidente de tu madre ¿no se da cuenta? que mi hermano no ate cabos, por favor. Y los gritos impostados de tu padre, que nunca ha sabido hablarle a los niños, la risa de mamá que sí sabe, pero se muere de risa viendo los intentos de papá, que por fin ha consentido en salir de la cama, pero se pasa una eternidad en el cuarto de baño peinándose, provocándonos con su tardanza. mientras ya nos hemos leído ocho veces la nota y estamos dando saltos en el pasillo helado mientras le esperamos para abrir la puerta y gritar ooohhhh. Hoy con la impresora se hacen maravillas, y te has descargado un tipo de letra que solo usas esta noche, aunque los acentos tenéis que ponérselos a mano, y tu mujer es una Maga de los envoltorios y los cartelitos, una escaparatista casera que deja el salón irreconocible con tu ayuda patosa. Pero esta mañana eres tú el que tienes que despertar a los niños, es el mundo al revés, te dices, y piensas en tu padre, y en las pegatinas que te han dado la noche, en el punto de sadismo de los fabricantes de juguetes, que se aprovechan de que no tenemos escapatoria.

Tú ya tienes una edad, sin duda, y sabes que todo el tiempo se comprime en esta noche extraña, y tú eres tú, y tus padres, y tus hijos al mismo tiempo. Que todo el universo pende esta noche de un finísimo hilo dorado, pero ya es de día, por fin: ¡Arriba, niños, los Reyeeeeeees!

viernes, 3 de enero de 2020

Tradiciones

“Dame el aguinaldo, / carita de rosa / que no tienes cara/ de ser tan roñosa. / La campana gorda / de la catedral / que te caiga encima / si no me lo das...” 
Los chicos cantaban siempre ese villancico, no había más malicia. Pero escucharlo del hijo del campanero, después de lo que pasó, y siendo yo la nueva sacristana, me hizo buscar el monedero sin tardanza.

domingo, 22 de diciembre de 2019

El cuervo y la zorra

La zorra apagó con rabia la tele. Se le había atragantado la cena que, una vez más, consistía en un trozo del mismo queso aquel, que sabía ya a moho y a miseria. No podía soportarlo. Allí estaba otra vez el cuervo, entrevistado en horario de máxima audiencia. Pero lo peor era que se deshiciera en agradecimientos hacia ella: que si le había descubierto todo un mundo de posibilidades, que si le había dado el empujón que le faltaba... Aquel graznido desafinado que la zorra le animó a dar había sido el comienzo de una nueva vida, decía. Vendría luego su paso por el programa de talentos, donde la audiencia recompensaba con carcajadas y emoticonos cada una de sus canciones discordantes. Y ahora, encima, el cuervo se había lanzado a escribir aquel libro provocador: De la crisis a la oportunidad: qué hacer cuando la zorra se lleva tu queso.  
Foto: Ferrán Pestaña https://www.flickr.com/photos/ferranp/


sábado, 14 de diciembre de 2019

La construcción

“He aquí que el tiempo se ha cumplido y es llegada la hora de actuar. Reunirás a dos ejemplares de cada especie, y en el monte más alto construirás un Arca”. La voz del Señor tronaba desde la tormenta: “Porque vienen días en que se desbordarán ríos y mares, y aguas ponzoñosas lo anegarán todo, y el hombre verá en el cielo el fruto de cómo ha vivido sobre la faz de la Tierra”. 


Noé era un hombre prudente. Por eso se rodeó de sabios llegados de todos los rincones de la tierra conocida. Con su ayuda logró armar un sólido andamiaje. Acarreó para ello los argumentos más consistentes, los datos más fiables. Tiempo después, con las aguas ya por sus tobillos, Noé subió al monte más elevado para enseñarle al Altísimo el fruto de su esfuerzo: una estupenda construcción teórica que demostraba bien a las claras que no había motivos para ponerse tan catastrofista. 

lunes, 9 de diciembre de 2019

Nuevos tiempos

El activista seguía aburriendo a los directivos de la planta embotelladora con su despliegue de cifras y catástrofes. La nueva política de la empresa era abrirse al cambio, escuchar a la sociedad. Porque, además de las denuncias, habían obtenido pésimos resultados en compromiso ecológico corporativo. Así que ahora no tenían más remedio que escuchar con buena cara a aquel gurú de fular al cuello, quitarse la corbata para hacerse selfis con él y publicarlos en las redes con propósitos de enmienda, iconos de mundos y corazones verdes. Pero el jipi se había ido envalentonando y les pedía —les exigía incluso— un cambio radical en su modo de producción, tan contaminante. La atmósfera ya no soportaba tanto CO2. De seguir así, el aire se haría irrespirable y hasta su refresco dejaría de venderse. Porque lo único embotellado que la población necesitaría desesperadamente sería aire puro. Aquello sacó al delegado ejecutivo de innovación y proyectos de su sopor. Tras garabatear algunos números sobre el nuevo papel reciclado con el membrete de la compañía, intervino al fin: 

—Interesante. ¿Y cuánto aire consume una persona por día? ¿De cuántos litros estaríamos hablando?


viernes, 8 de noviembre de 2019

Historia magistra vitae

Aquel libro recogía algo más que una historia de la guerra civil. Aquel libro contenía en sí la guerra misma, que volvía a ocurrir cada vez. En sus páginas no había lugar para matices ni diálogos. Escaladas de soflamas, recuentos de ofensas recibidas y por recibir avanzaban inmisericordes en columnas, cada una desde su extremo del libro, hasta chocar en las páginas del centro, contagiando con la efervescencia de su sangre a las tripas del lector. Y cuando este se lanzaba a la calle incendiado y combativo, los dos bandos paraban un momento su refriega, y mostraban una misma sonrisa, satisfechos de haber reclutado a otro más que volvería a hacerlo.


domingo, 27 de octubre de 2019

El tesoro

Por paradójico que parezca, la reunión al más alto nivel para acabar de una vez con la matraca del cambio horario llevaba ya una hora de retraso, y no tenía visos de empezar. Mientras todos esperaban mirando a cada momento sus relojes, el presidente, sin ninguna prisa, le mostraba al adalid de la supresión un almacén secreto, cerrado tras cinco puertas acorazadas. Allí, ordenadas y clasificadas con rigor maniático, se alineaban todas las horas perdidas o ganadas en cada cambio, acumuladas ávidamente por el Estado. De allí se sacaban cuando se iban necesitando. Cuando hacía falta tiempo para una negociación, para una solución que era cuestión de tiempo, para dejar que el tiempo lo curara todo, para que ejerciera su función de bálsamo y olvido. Se intercambiaba por oro, por petróleo, por adhesiones. Se usaba para que las encuestas cambiaran de signo. Para darle al líder su aspecto siempre joven en los carteles: “¡Es el tiempo, no el dinero, estúpido!”


La noche de los tiempos

No puedes dormir, es imposible. Te has pertrechado de libros y linterna para pasar la noche lo mejor posible, oculto bajo las mantas. Ya qui...