lunes, 21 de septiembre de 2020

La gurú

 Qué gusto da verlo todo recogido, tal y como ella propone en su método. Reconozco que yo era escéptico, pero al final la tipa de la tele va a tener razón. Hemos dejado su programa de fondo mientras la faena, para poder medir bien el tiempo de que disponemos. Nada de sacos donde todo se mezcla: para cada cosa su caja. La plata, con la plata. Los cuadros, perfectamente alineados. Y las joyas en sus bolsitas de terciopelo. Cuando ella vuelva de la tele no podrá tener queja. Le hemos hecho un trabajito limpio.



lunes, 14 de septiembre de 2020

Mi madre es una zombi

Exactamente lo mismo que decía cuando estaba viva, palabra por palabra: 

“Hijo, hay que ver cómo tienes todo esto. En cuanto una no está pendiente te come el desorden y la porquería.” 

Y yo, avergonzado, dejo a un lado el bate de béisbol y me pongo a limpiar los sesos esparcidos y la sangre, mientras ella espera pacientemente su turno con un trapito sobre los hombros, para no manchar.


 

martes, 8 de septiembre de 2020

Negociaciones

 “Ese no es nuestro estilo de familia, ni hablar.”
La voz del edificio inteligente Domus 2040 repitió este mensaje en cada habitación como un mantra. Pero el agente inmobiliario estaba acostumbrado a aquellas negociaciones. Le hizo ver las posibilidades de reforma que tenía. La madre se había apuntado a un cursillo de autoestima, y no tardaría en separarse de aquel brutote que ahora ponía los pies en el sofá de cuero. El hijo mayor había conocido a una chica y empezaba a ducharse cada día. Y los mellizos dejarían de gritar en cuanto se sumergieran en la multimedia inteligente de las paredes. Además, podría ofrecérsela sin perro.


viernes, 7 de agosto de 2020

Prejuicios

Mi padres, cualquiera sabe por qué, tienen aversión a los viajes. A todos los viajes, no es cosa de este año por la pandemia. Creo que mi madre sería incapaz de apartarse más de un día de su telar. A mi padre nunca le he visto moverse de su sillón, donde se dedica a leer libros de aventuras y a soñar despierto, con tapones en los oídos para que mi música no le moleste. 

Por más que intentaron disimularlo, noté cómo se les cambió la cara cuando aparecí con el folleto que aseguraba que este era el más seguro y formativo de los viajes de estudios. Luego, resignados ante mi insistencia, me impusieron algunas condiciones, además, claro, de las distancias, el lavado de manos y las mascarillas. Debía viajar siempre por tierra, esquivando el contacto con cualquier isla y con cualquier mujer que practicara la hechicería. Contrataron un seguro millonario, y tuve que prometerles que estaría siempre localizable. 

Y ahora están ahí, al otro lado de la ventanilla, con esa sonrisa triste. No veo el momento de que el tren arranque de una vez. Mi madre me ha puesto en las manos una manta que ella misma ha tejido, insiste en que me abrigue y no deja de mirarme entre cariñosa e inquisitiva. Mi padre, por su parte, me ha entregado con la solemnidad de una herencia su propio arco, que dudo que haya usado alguna vez, arrumbado como estaba en el desván. Ahora tendré que llevarlo encima todo el viaje, como una condena. En cuanto el tren arranque y acabe esta lluvia de lágrimas y consejos, podré encaminarme al fin al vagón restaurante, donde me espera mi amada Circe, y empezaremos la aventura que llevamos preparando tanto tiempo. 

lunes, 3 de agosto de 2020

Nos vemos en el atasco, de Carlos Domínguez

Ante las peticiones de los lectores, tengo el placer de publicar aquí otro relato de mi compañero de letras Carlos Domínguez, que nos trae un relato veraniego recalentado de asfalto:

NOS VEMOS EN EL ATASCO, de Carlos Domínguez

Nos vemos en el atasco, exclamaban en la playa, la piel brillante por el sol. Nos vemos en el atasco, repetían en el chiringuito, brindando con las cervezas bien frías, como nos gustan. Nos vemos en el atasco, decían al cruzarse en el supermercado, resignados, los ojos cansados brillando sobre las mascarillas, el domingo que se acaba y todavía tenemos que bañar a los niños, darles la cena y ponerles los pijamas. Nosotros salimos después de comer, cuando menos atasco habrá.
Nos vemos en el atasco, gruñimos entre dientes, el coche parado esperando que el de delante se ponga en marcha y poder avanzar unos metros. Los niños que se despiertan y ven que todavía está ahí el campo de girasoles con sus cabezas humilladas por el calor y el grano. Falta mucho. No, un ratito solo, es que hay atasco. Y los niños que vuelven a cerrar los ojos. A ver lo que duran durmiendo, piensas bajito para que no se despierten. Tu mujer que quita la radio, no se vayan a despertar: total solo hay fútbol. Y tú que te quedas sin lo único que te distraía. A partir de ahora una ristra de coches parados, el sol que te deslumbra y el silencio del aire acondicionado.
Nos vemos en el atasco, parecen decir las motos de la guardia civil que avanzan haciendo equilibrios, deteniéndose de vez en cuando ¿Todo bien? No, ya se está solucionando. Qué más quisiéramos. Un accidente, unos kilómetros más allá. Muchas gracias. Los coches resoplan inmóviles, las horas pasan lentas, al fondo se ve avanzar unos metros un camión y vas calculando cuándo llegará el avance hasta tu coche, como el trueno que sucede al relámpago. Unos metros, siempre pocos, y volvemos a frenar.

Nos vemos en el atasco. Pero en el atasco no ves a nadie que conozcas, aunque todos podrían ser conocidos, con sus caras, morenas y cansadas y sus mascarillas colgándoles del cuello como un barbiquejo quirúrgico, igual que la tuya. Todos podrían ser tú o yo o el del coche de detrás que se mete el dedo en la nariz, no mires, cari, el muy cochino. A ver niños, vamos a jugar: veo, veo. Qué ves. Una cosita. Papá, falta mucho, no hijo, un rato solo. Eso dijiste la última vez. Con la letra a. Árbol. Falta ya poco, avanzamos lentamente pero cada vez estamos más cerca, cariño. Avión. Araña. Abanico. Me rindo.
Nos vemos en el atasco, y la aguja del depósito de gasolina que sigue bajando, deberíamos quitar el aire acondicionado. Entonces no aguantamos el calor, cari. Papá falta mucho. No cariño, en un ratito llegamos, duérmete. Eso dijiste la última vez. ¿Quieres galletas? Gracias, mamá. Hay galletas para mí. No, son para los niños. Pásame el agua.
Cada vez más gente está fuera del coche, al principio tímidamente, apoyados en la puerta abierta, haciendo como que miran al horizonte, a la loma donde se pierde la fila de vehículos. Luego, con más valentía, se acercan a los coches cercanos a intercambiar miradas de resignación y comentarios impersonales. Sí, de Sevilla, pasamos el fin de semana en casa de mi suegra pero mañana trabajamos. Ojalá, pero están muy mayores para quedarse con los niños. La guardia civil que pasa y les dice que vuelvan a sus coches, pero pronto vuelven a pasear distraídos por el arcén. ¿Podemos salir nosotros? Es peligroso, ya os lo he dicho. Es que quiero ir al baño. Bueno, venga, ve con tu madre. Menos mal que me traje toallitas. Poneos las mascarillas. La carretera se va llenando de enmascarados. Ves a los niños bajarse y perderse tras las retamas. Dejas de verlos. No sabes por qué pero de pronto te entra el miedo de que el atasco se solucione y tengas que avanzar y no hayan vuelto. Te impacientas, ¿Y si tenemos que salir? Lo que faltaba, los coches pitando y tú esperando que terminen de una vez. Los ves volver y la fila sigue sin moverse.
Nos vemos en el atasco. Tengo hambre, papá. Cuando lleguemos pedimos una pizza, ¿queréis más galletas? Lo de los fines de semana en la playa no hay quien lo aguante. Pues con el calor que hace cualquiera se queda en Sevilla, menos mal que tenemos a mi madre. La tarde cae y el asfalto recalentado comienza a dar un respiro. A lo lejos ves que algunos coches se mueven, calculas el tiempo hasta que llegue y ves cómo la gente se va metiendo en sus coches y arrancando, esta vez parece que va en serio. Niños, al coche, rápido. Arrancas y metes primera, te pegas al coche de delante sin perder un segundo. Metes segunda, tercera, cuarta. Cuidado, que como frene nos chocamos. Los coches aceleran, metes quinta, la fila de al lado va un poco más lenta y los vas dejando atrás. ¿Falta mucho? Cruzad los dedos que parece que no. El atasco que se disuelve como si nunca hubiera existido, los niños que se quedan dormidos, cierras las ventanillas y pones de nuevo el aire acondicionado. Te sorprende la noche llegando a casa, piensas que no merece la pena este veraneo de fines de semana.



Nos vemos en el atasco, repites contento en la oficina, la semana que se acaba y tu suegra que llamó anoche para ver a qué hora llegabais, que el sábado hacemos un arroz en el jardín. Nos vemos en el atasco, repiten los clientes al teléfono. Nos vemos en el atasco, el cansancio de la semana que se mitiga al pensar en el chiringuito del día siguiente. La carretera te espera, el único obstáculo antes de la playa. En un par de horas estaremos.

martes, 28 de julio de 2020

El revelado

Con la comunión le habían regalado una Kodak Instamatic. Cuando ahorraba para un carrete de doce más el revelado, salía a la calle a fotografiarlo todo. En casa, sus padres ejercían de modelos. Luego, tras la espera para revelarlas, su barrio aparecía irreconocible, con demasiada o con poquísima luz, como si fuera un puerto pesquero de casitas relucientes bañado de sol y cormoranes, o un callejón peligroso del mismo puerto, sumido en la oscuridad de la desdicha. Pero nunca parecía Madrid. Sus padres, siempre decapitados, podrían ser ellos u otros cualesquiera. Para cuando podía comprar el siguiente carrete, ya había olvidado sus errores, así que volvía a cometer exactamente los mismos. Guardó un álbum entero de decapitados y calles cegadoras o siniestras.


Un día se atrevió a decirle a Marta que posara para él. Quedaron con esa excusa. Ella se reía, y él quiso capturar el cosquilleo de su risa. Casi un mes después, reunió fuerzas para acudir a la tienda a recoger el carrete abandonado. Decididamente, las imágenes que le devolvieron no podían ser de Marta. No dijo nada y se las quedó: quizás aquella muchacha borrosa que imitaba en vano su risa no le partiría también el corazón. 

jueves, 16 de julio de 2020

El primer robinsón

No ha un mes que me fue obsequiada esta maldita tierra. Mi fiel rucio traía las alforjas repletas de vino y queso, porque los duelos con pan son menos. Nos hemos aventurado a explorar, buscar sustento y disponer refugio contra la intemperie, aunque nuestros huesos están hechos al quebranto y nuestros ojos a las estrellas. No he hallado persona ni hacienda que gobernar, solo mar por doquier. Tampoco nos hemos topado con indígenas, ni con más peligros que los tormentos de la soledad. Ni un rebuzno de queja ha salido de mi compañero, al que ahora llamo “Jueves”, por ser el día de nuestra llegada.


Ayer el océano escupió una caja con víveres. Veo en tal prodigio la mano de mi señor, Dios lo confunda, porque también contenía algunos libros de los que él engulle sin mesura. Pese a que yo solo alcanzo a leer lo breve y con esfuerzo, me ha entretenido sobremanera un diccionario que entre ellos venía. Hasta que he hallado en él la respuesta a mis desvelos: una ínsula no es más que una isla.

Este microrrelato fue escrito para la LEMCA, de ENTC. Y es fruto de un divertido proceso de escritura a diez manos, nada más y nada menos que con mis compañeros de equipo María Posadillo, Salva Terceño, Ezequiel Barranco y Pablo Núñez, que valen un potosí cada uno por separado, y ya juntos son la caña de España.

Errare humanum est

 Como no tenéis corazón, no os importa que yo haya entregado mis mejores años al proyecto Munchausen. Vuestros androides me reclutaron en la...