No ha un mes que me fue obsequiada esta maldita tierra. Mi fiel rucio traía las alforjas repletas de vino y queso, porque los duelos con pan son menos. Nos hemos aventurado a explorar, buscar sustento y disponer refugio contra la intemperie, aunque nuestros huesos están hechos al quebranto y nuestros ojos a las estrellas. No he hallado persona ni hacienda que gobernar, solo mar por doquier. Tampoco nos hemos topado con indígenas, ni con más peligros que los tormentos de la soledad. Ni un rebuzno de queja ha salido de mi compañero, al que ahora llamo “Jueves”, por ser el día de nuestra llegada.
Ayer el océano escupió una caja con víveres. Veo en tal prodigio la mano de mi señor, Dios lo confunda, porque también contenía algunos libros de los que él engulle sin mesura. Pese a que yo solo alcanzo a leer lo breve y con esfuerzo, me ha entretenido sobremanera un diccionario que entre ellos venía. Hasta que he hallado en él la respuesta a mis desvelos: una ínsula no es más que una isla.
Este microrrelato fue escrito para la LEMCA, de ENTC. Y es fruto de un divertido proceso de escritura a diez manos, nada más y nada menos que con mis compañeros de equipo María Posadillo, Salva Terceño, Ezequiel Barranco y Pablo Núñez, que valen un potosí cada uno por separado, y ya juntos son la caña de España.
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