lunes, 2 de agosto de 2021

Cuando la revolución se venga abajo

 Éramos jóvenes y todo, salvo nuestros sueños, estaba por estrenar. Tú me convenciste con aquella lluvia de adverbios: siempre, nunca. Y con aquellos ojalás llenos de amor revolucionario. Pero ni la vida ni yo somos una canción, compañero. Con mis pechos y mis nalgas, fue cayendo también tu utopía de amor y justicia, y creció tu barriga. Te dieron un puesto, las promesas se retrasaban, y siempre los demás tenían la culpa. Tus ojalás empezaron a buscar otras bocas más frescas y más crédulas. Yo me alejo ya de ti, desconfiando para siempre de cualquier siempre, de cualquier nunca.




martes, 6 de julio de 2021

Una poética o así

 Poned sobre los campos 

un carbonero, un sabio y un poeta. 

Veréis cómo el poeta admira y calla, 

el sabio mira y piensa... 

Seguramente, el carbonero busca 

las moras o las setas. [...]

                Antonio Machado



Nadie habrá dejado de notar que en ocasiones un pequeñísima grieta aparece justo en mitad de la realidad. Es como si se le hubiese saltado una lasca a esa leve capa de pintura que lo cubre todo, como si por un momento el azogue del espejo que no vemos amenazara con salir a la superficie, como si a algún tramoyista se le hubiera caído una herramienta en un despiste. Puede ser una leve injusticia (no sé, niños empeñados en morirse de hambre en las noticias, señores muy ricos condenados a no poder sacudirse la riqueza de los dedos, la humillación sorda de los desesperados,...), pero también un fallo general del sistema (la soledad de las montañas que no llegaron a ser el Everest, un ornitorrinco hojeando un libro de zoología, tú queriendo abrir un caja de medicinas sin toparte con el prospecto).


El poeta llorará entonces por este mundo roto, lamentando haber perdido aquel tique que le dieron para descambiarlo, en una infancia que insiste en afirmar que tuvo. O puede incluso que glose la hermosura de la línea quebrada que la grieta dibuja. El dramaturgo enfrentará a dos hermanas de luto para ver cuál de las dos escapa por esa brecha. El narrador, por su parte, escribirá más o menos páginas según su aliento, sobre el señor que lo rompió y sus motivos, su mujer, sus hijos y su padre, y cómo generaciones enteras se enfrentaron en vano a ese desconchón, como a una ballena blanca. Si es un cuentista americano, ocurrirá en una caravana mugrienta y no mencionará la grieta en todo el relato, temiendo ser demasiado evidente. 


Solo un microrrelatista hará lo único que nos es dado hacer, quizás porque vendería su alma por un golpe de efecto, o simplemente por ver si implosiona ya el universo conocido. En fin, lo digo de una vez: solo el microrrelatista se armará de valor y poesía y llamará a Joseba, el eterno cristalero de carglás.


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Hoy, 6 de julio, a las 19 horas, se presenta Yo, que tantos hombres he sido, en la librería Cervantes y Compañía. Se puede reservar para la presentación virtual en info@cervantesycia.com (para la presencial por lo visto, ya hay aforo completo). También podéis acudir sobre las 8 para la firma, sin reserva. O bien reservar un libro dedicado escribiendo a la misma dirección, y os la mandan desde mañana día 7.

 

martes, 18 de mayo de 2021

Juan Sin Vergüenza

Érase que se era un niño, llamado Juan, que no conocía la vergüenza. Daba besos y hacía sus monerías a quien sus padres le pusieran por delante. Luego, ya adolescente, disfrutaba cuando su mamá iba a verlo a la puerta del instituto, le hacía mimitos y le arreglaba el pelo delante de sus amigos. 



Un especialista sentenció que la ausencia de determinada hormona le impediría avergonzarse para siempre.


Juan peregrinó durante años en busca de soluciones: visitó un convento de madres ursulinas y, salvo espantarlas a todas, no obtuvo ningún avance; localizó a los payasos callejeros y a los mimos más lamentables, pero no logró ruborizarse ni como espectador ni reproduciendo él mismo los números que perpetraban. Finalmente, puso un cartel en el recibidor de su casa para recordar que no debía abrir la puerta sin ponerse al menos unos calzoncillos.

 

Le dijeron que tenía talento para la política. Su ascenso meteórico en el partido le llevó hasta la cúpula donde se fijaban estrategias y pactos. Al poco tiempo, notó cómo una quemazón desconocida le nacía desde las tripas y le hacía enrojecer por dentro y por fuera. Junto con su dimisión, dejó también una carta de agradecimiento.


jueves, 28 de enero de 2021

Clases prácticas

 " Lo maté porque era de Vinaroz."

Max Aub, Crímenes ejemplares



Siempre me estoy encontrando alumnos. Por todas partes. Antiguos y actuales. Esto, que no deja de ser una simple curiosidad, una costumbre mía, como los médicos que se topan con sus pacientes en la sección de congelados del supermercado y han de resolverles las dudas sobre su dosis de Sintrom, o los actores que se ponen gafas de sol para pasear al perro, no tendría más importancia si no fuera porque ahora acaba de ocurrir justo cuando iba a deshacerme del último cadáver.


Pero recapitulemos. He dicho alumnos antiguos y actuales. Y no es lo mismo. Los alumnos actuales oscilan entre el instinto de esconderse o el de saludar como el perro de caza que marca su hallazgo. Porque para los alumnos no existimos fuera de la clase, y les resulta inconcebible que tengamos vida fuera de ella. Se creen que dormimos el sueño de los justos fuera del horario de clase, como sus libros, y que hacemos logaritmos o análisis sintácticos hasta que nos vence el sueño, para hibernar entonces hasta la próxima clase, perfectamente dobladitos en nuestras cajas. Así que nos miran como si hubieran visto al monstruo del Lago Ness cuando nos ven bajando la basura, o haciendo cola en el médico...o trasladando a una víctima.



Los antiguos alumnos, en cambio, se saben ya fuera de nuestro alcance, y nos miran como una reliquia del pasado, de su pasado. Puede ser el alivio en su culpabilidad de habernos deseado tantas veces la muerte. El caso es que se paran, y hablan con nosotros, para poner todo su empeño en demostrarnos que crecieron, que las profecías que ellos imaginan que hicimos sobre su fracaso se incumplieron estrepitosamente. Claro que cuando llevas un cuerpo enrollado en una alfombra todos los manuales del buen criminal te desaconsejan pararte con un antiguo alumno empeñado en desplegar ante ti su currículum.


Yo he de confesar que nunca sentí demasiada vocación. Estudié lengua buscando un poco de orden en un mundo empeñado en no poner nunca en su sitio los puntos ni las comas. Confieso que en los comienzos me deslumbró la posibilidad de atajar la plaga de errores allí donde nacían, en las hojitas de cuadros de los cuadernos. Pero era como vaciar el mar. Por eso admiro a mis compañeros militantes, que consagran su vida a intervenir en la masa de sus alumnos cuando todavía está fresca. Y mucho más a aquellos otros que juegan con su presa, ilusionándolos con su aura de profe enrollado, como si fueran el mismísimo profesor Keating de Los poetas muertos, para luego dejarlos caer desde lo alto en los abismos de la desilusión, con suicidio o sin él. 


Así que pronto decidí buscar mi realización personal fuera del oficio. Al igual que mis compañeros cultivan la natación, el mindfulness, la cría de sus propios hijos o el cuidado de sus padres achacosos, a mí me dio por el crimen. He de decir que fue por casualidad, no me arrogaré méritos que no me corresponden. Fue primero un atropello involuntario del cliente que salía sin mirar de un club de carretera, más tarde la forma de resolver el problema de un vecino demasiado aficionado a Camela y al subwoofer. Luego alguien me regaló los Crímenes ejemplares de Max Aub y aquello se convirtió en afición. Aquel publicista empeñado en ponerle una molesta tilde a la palabra ti, el señor que daba charlas de motivación y hacía siempre un gesto con los deditos como si le pusiera comillas al aire...


Pero, decía, el problema es esta costumbre mía de encontrarme alumnos. Ahora, a las tres de la mañana, me acabo de encontrar con uno. Yo bajaba al garaje de mi edificio, como ya os he dicho, con mi víctima perfectamente enrollada en una alfombra, porque soy un clásico. Y, de pronto, sale de la nada un antiguo alumno que, al parecer, es vecino y periodista, y que vuelve a estas horas del cierre de su redacción. Y con ganas de hablar, y de contarme y demostrarme sus éxitos, sus másteres, sus corresponsalías, todo ello salpicado de anglicismos de significado misterioso. Lo que ocurre es que yo soy incorregible, y por más que hago propósitos de enmienda mi afán pedagógico me traiciona. Porque cuando al fin deja de exhibir su currículum, se le ocurre decirme que a esas horas y con una alfombra enrollada, parecería que vengo de acometer un crimen. De masacrar a alguien. ¿Se imagina? dice. Y sin pedir permiso se apresura a ayudarme para cargar el muerto en el coche. 


Así que he acabado haciendo horas extras, para aclararle que para masacrar, sin duda, no bastaba con ese muerto, debería ser capaz de acabar con una masa de individuos. ¿Se ofrece Vd. voluntario para engrosar el número? Él me contesta con una carcajada nerviosa, dudando todavía sobre si yo estoy bromeando o no. Y respecto a acometer, los crímenes se cometen, las tareas se acometen. Salvo que hablemos de una acometida. Ahora, por ejemplo, sí que le estoy acometiendo... Y dicho y hecho: le embisto con la llave inglesa que guardo para las grandes ocasiones. Ahora tengo que enterrar dos cadáveres, sí. Pero siempre he creído que no hay mejor enseñanza que la práctica.


miércoles, 27 de enero de 2021

La niña que yo quiero

¡Y la niña que yo quiero,

ay, preferirá casarse

con un mocito barbero!

Antonio Machado




No había amanecido y ya estaba Damián aporreando la puerta del corralón. Venía con un carro tirado por el mulo más viejo y con más mataduras que pudo encontrar. Sobre él ha improvisado un palio con mantas apestosas. Guárdalo en tu casa, me dice, que cae más cerca de la iglesia. Porque a la salida llevaremos en él a los novios, de grado o de fuerza. Ahora me arrastra camino de la pensión, para montarle la escandalera al novio cuando salga para la iglesia.


Yo pienso en don Antonio, en su calma de viejo prematuro, y me pregunto cómo llevará la cencerrada. Aquí todavía se recuerda la que le hicimos a la viuda de Arcenegui, cuando cuando volvió a casarse, apenas tres años después de lo de su marido.


Ayer don Antonio tenía un brillo en los ojos que nunca le habíamos visto. Me caso mañana, dijo. Y siguió con su lección de francés. Algo menos melancólico y desganado que de costumbre. Dicen que es poeta. Pero no me lo imagino yo escribiendo de amores con ese aire de empleado de correos y telégrafos. Le he oído decir al boticario de la plaza que está preparando un librito sobre nuestro campo de Soria. Nosotros lo vemos salir al campo con su bastón para conocer las tierras y los campesinos, como si fuéramos salvajes y él un explorador inglés. 


Al terminar la primaria, Damián se metió de aprendiz de barbero, y ahora exhibe su oficio como si fuera catedrático. Mis tías, en cambio, se empeñaron en que yo fuera al instituto. Dice don Antonio en sus clases que tenemos que dejar que la luz del pensamiento entre en nuestras mentes, que limpie el polvo y nos sacuda la superstición y la barbarie. Que hay más mundo aparte de las bestias, de rezar para que llueva o maldecir cuando graniza. Que debemos sobreponernos a esta tierra agostada y fría, volver a soñar. Y que para eso tenemos que dejar de ser masa, convertirnos en individuos pensantes, desconfiando incluso de nosotros mismos. Hasta que lo interrumpe otra de las hazañas de Gálvez, que ha unido dos moscas con un hilito, y todos nos reímos al ver cómo se chocan y se separan, y luego intentan ponerse de acuerdo para volar juntas. Don Antonio mira aquel prodigio con cara de no entender nada, y luego ni siquiera es capaz de castigarlo. Nos habla, en cambio, de la crueldad con los débiles, como si esas moscas fueran algo más que dos bichos.


Por el camino, Damián sigue a vueltas con su Leonorcita. Que es apenas una niña, hombre, por Dios, pero es su niña. Porque una cosa, dice, son los cinco años que él le lleva y otra muy distinta los veinte que median entre ella y ese don Antonio, que se dice poeta y es casi un viejo. 


Yo recuerdo cuando jugábamos todos en el río, rapaces en pantalones cortos todavía. Ella nos acompañaba. Damián era el capitán, con su espada de madera. Una vez, entrando en batalla, ella tropezó con una raíz y cayó al suelo. Damián corrió a rescatarla, dejándome a mí al mando de sus huestes. Puntitos de sangre roja habían estallado en la blancura intacta de su rodilla. Las cigarras atronaban la ribera. Él la consoló, le anudó su pañuelo blanco, y dijo que la cuidaría siempre, que se haría esposos. Ella se rio mucho, con esa risa suya que sonaba como el río, y le contestó que tendría que esperar a que ella creciera. Damián insiste en que eso fue darle su palabra, y que las palabras se dan para cumplirlas. 



Luego, nuestros cuerpos empezaron a crecer, sin avisar y por partes, según le fue pareciendo a cada pedazo. Los brazos enormes y descompensados. La voz extraña. Ya no éramos niños, y no bajábamos al río con nuestras tropas, ni defendíamos Numancia como héroes. Nos sentábamos en la plaza, aprendíamos a fumar y charlábamos. Damián hablaba siempre de sus proyectos de boda: escamoteaba en su casa las propinas de la barbería y las guardaba en una alcancía en un hueco de la pared, ahorrando para el día en que Leonorcita creciera y se casaran.


Al fin, el mes pasado, Leonor cumplió los quince. Ya era una mocita en edad de merecer, así que Damián fue a visitarla metido en un traje que fue de mi padre, que en gloria esté, y que ni él ni yo llenamos todavía. Hasta le llevó las flores que había recogido de la orilla del río, del mismo sitio donde le curó sus heridas de guerra y grabó luego sus nombres en un chopo.  Pero al llegar a su casa, la familia estaba de celebración con don Antonio, tomando chocolate. Le invitaron. Damián resopla de ira y de vergüenza al recordarlo. Ellos mencionaron la fecha de hoy, la fecha de la boda entre don Antonio Machado y Leonorcita, ahora doña Leonor Izquierdo. Y a Damián se le vino encima todo el ridículo de su traje prestado y las florecillas. Esbozó una sonrisa, dio algo parecido a unos parabienes, y salió corriendo. Todavía alcanzó a oír su despedida cantarina, y cómo contaba entre risas que de niños los dos jugaban a ser novios. Jugaban, dijo.


Cuando llegamos a la pensión, una nube de chavales armados con sus cencerros se arremolina en la puerta. Me viene a la cabeza lo del individuo y la masa. ¿Será aquella la masa no pensante? Estallan los gritos y el laterío cuando don Antonio sale, mirándolo todo desde el otro lado de sus gafas. Sonríe un poco, como burlándose él también de sí mismo, y me parece que nos dedica una mirada indulgente y tristona. Luego respira hondo y avanza lentamente calle abajo hacia la iglesia, mientras se sacude la ceniza del último cigarrillo de las solapas de su traje nuevo.


domingo, 22 de noviembre de 2020

Hasta aquí hemos llegado

 Mira que ya sabías lo que iba a pasar. Pero tú nada, que no es problema, mujer, yo te llevo a casa. Como si no nos conociéramos ya. Ella te gustaba, confiésalo, te gustaba a rabiar. Sí, a mí también, pero yo no soy como tú, no me cambies de tema. Usaste todos los trucos de tu repertorio. Los suspiros antes de separaros, el fingirte cansado y con frío allí en su puerta, dejarle que te ofreciera una taza de té para entrar en calor. Y arriba, más. Le apartaste suavemente el pelo de la cara, alabaste la decoración oriental, le dijiste que aquella exquisitez solo estaba al alcance de determinadas personas. Incluso le ponderaste la catana colgada en la pared, y le pediste que te la enseñara. Que sepas que es la última vez que limpio yo la sangre. No me vengas ahora con la excusa del efecto de la pócima para desaparecer y dejarme con el marrón. A la próxima me entrego y te entrego conmigo, que ya me tienes un poquito harto, señor Hyde.




domingo, 8 de noviembre de 2020

El atrapasueños

 Este relato obtuvo una mención honorífica en el 5º Concurso Literario Internacional de Relatos Humorísticos “Alberto Cognigni 2020”. Córdoba (Argentina)                                   

A Esperanza, que ha heredado mi caos, a falta de mejor herencia


En el principio existía el caos. Por lo que yo recuerdo, el caos llegó a mi vida desde el bombo de detergente Skip donde se acumulaban juguetes, papeles e inventos, que inevitablemente se desbordaban e invadían mi cuarto. Luego el caos se contagiaba a la cartera del colegio, donde empezaban a verdecer fragmentos olvidados de bocadillos y papelajos arrugados, formando de nuevo la masa primigenia, el origen del universo. Y yo le prometía a mi madre ser ordenado, y me encerraba durante horas, y limpiaba, y clasificaba todo en montoncitos. Hasta que aparecía algo que no me encajaba en ningún montoncito y traía el caos de vuelta. Como aquel atrapasueños años más tarde.


Luego llegaría la adolescencia, pujante de granos y nuevos desórdenes, que me enseñó sin embargo a camuflar el horror bajo apariencias de orden que pudieran resultar convincentes para nuevas miradas femeninas, mientras el caos se agazapaba en retratos de Dorian Grey bajo la alfombra.


Pero volvamos al principio. En el principio, decía antes, existía el caos. Y vio Dios que era bueno. Pero se metió a ordenarlo, nadie sabe con qué fin exactamente. Solo había que separar lo seco de lo mojado, el día de la noche. Pero según el mundo se fue llenando de cosas, y haciéndose más y más interesante, el orden se hizo más discutible, y el caos volvió. 


Y puestos a crear, Dios creó a mi novia y a una japonesa gurú del orden y enemiga del caos por tanto. Al principio mi novia y ella no tenían nada que ver. Yo vivía en el dramático desorden del que está tejido todo, y mi novia se reía con las gracietas con que ocultaba el drama. Le parecía divertido el caos de mi armario y mis cajones. Yo le decía que tenía las cosas ordenadas por orden alfabético. Todas en una misma letra: la C de cosas. Bastaba entonces con apartarlas de la cama y hacer lo que tocara hacer. Y el caos era bueno, y divertido. Y vio mi novia que estaba bien.


Pero el caos y el orden, aunque disimulen, y firmen pactos de no agresión, están siempre en lucha. La barrera que separaba a mi novia de la gurú japonesa se quebró. Se compró el libro. Empezó a militar en su bando. Y yo, que siempre he envidiado la fe inquebrantable en los sistemas que no consigo hacer míos, intenté seguirla. Ella fue mi tutora, mi coach. Leí el libro. Me ponía música motivadora. Procuraba ordenar, hacer grupos, deshacerme de cosas. Incluso un día, tras una sesión intensiva, logré que el armario cerrara bien. Casi todo cuadraba. Y ahí reapareció el problema, en el casi.


Como los delgados que fueron gordos y se saben gordos camuflados, y siempre han de tomar precauciones, los desordenados sabemos que el caos está ahí, siempre acechando. Basta una sola cosa, un casi. Algo que no encaje en ninguno de los montoncitos. Y el caos vuelve a dominar la tierra.


En mi caso fue aquel atrapasueños, ya os lo dije. No sé si sabéis de lo que hablo. Es algo de origen indio, creo, una especie de móvil con plumas y cascabeles. Yo no recordaba bien qué papel tenía entre mis cosas. Me sonaba vagamente a nuestros primeros tiempos de tímidos tanteos. Quizás un regalo de unos amigos. O tal vez de ella, en un mercadillo de artesanía. Probablemente un juego de palabras con los sueños que iríamos a atrapar. Pero era feo y aparatoso. Y no casaba en absoluto con nuestra decoración minimalista y escandinava. Demasiado grande para caber en la pequeña caja de recuerdos (aparte de que ese era el problema: que no recordaba su origen). No exactamente un objeto de decoración, ni el trofeo de un viaje. Como menaje de cocina entiendo que tampoco podía colar.


Ahí estaba, para amargarme mi nueva vida escandinavojaponesa perfectamente ordenada de hombre de bien. El objeto rebelde. El casi. El caos. El caso. Sabía que era una prueba en mi camino iniciático. Y no iba a arruinarla preguntándole a mi novia. Le demostraría que sabía decidir por mí mismo. Mis lecturas me habían enseñado cómo tratarlo. Evitar apegarme a las cosas. Despedirme con una reverencia oriental. Llevarlo a la basura entre cánticos y crótalos. Aunque a última hora el yo picaresco de mi pasado me aconsejó ocultarlo bajo un cartón de huevos (no me riñáis: el cartón estaba húmedo y no es reciclable, que tengo estudios).


Pero no había contado con los cascabeles. 


Ella: hoy me toca a mí bajar la basura, no te preocupes ¿qué es esto que suena?

Yo: no, nada.

Ella: ¿a ver?

Yo: silencio expectante y vagamente culpable.

Ella: silencio acusador.

Yo: silencio mientras deduzco: pues no fue un regalo de unos amigos, no. Pues sí debía de ser un símbolo importante de algo.

Ella: silencio. Portazo.


Cuando escribo estas líneas, el caos se ha hecho fuerte y amenaza con devorarme. Quizás debería meter esto en una botella y lanzarlo al mar. Creo que por ahí debajo debe de andar un botellín vacío. Me queda un rincón en la mesa donde puedo escribir. Miro al atrapasueños colgado del riel de la cortina. Apenas se le nota la mancha de huevo. Preside mi nueva vida caótica y solitaria como un recuerdo ahora perfectamente nítido, como una acusación.




Errare humanum est

 Como no tenéis corazón, no os importa que yo haya entregado mis mejores años al proyecto Munchausen. Vuestros androides me reclutaron en la...