El activista seguía aburriendo a los directivos de la planta embotelladora con su despliegue de cifras y catástrofes. La nueva política de la empresa era abrirse al cambio, escuchar a la sociedad. Porque, además de las denuncias, habían obtenido pésimos resultados en compromiso ecológico corporativo. Así que ahora no tenían más remedio que escuchar con buena cara a aquel gurú de fular al cuello, quitarse la corbata para hacerse selfis con él y publicarlos en las redes con propósitos de enmienda, iconos de mundos y corazones verdes. Pero el jipi se había ido envalentonando y les pedía —les exigía incluso— un cambio radical en su modo de producción, tan contaminante. La atmósfera ya no soportaba tanto CO2. De seguir así, el aire se haría irrespirable y hasta su refresco dejaría de venderse. Porque lo único embotellado que la población necesitaría desesperadamente sería aire puro. Aquello sacó al delegado ejecutivo de innovación y proyectos de su sopor. Tras garabatear algunos números sobre el nuevo papel reciclado con el membrete de la compañía, intervino al fin:
—Interesante. ¿Y cuánto aire consume una persona por día? ¿De cuántos litros estaríamos hablando?






