Tan inesperadamente como se abrió, el muro vuelve a cerrarse. Los guardianes recuperan su hieratismo tras las gafas de sol, mientras una niña llora por la madre dejada al otro lado. Un emigrante, con la pierna destrozada por el hormigón, yace en un charco de sangre.
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La hora cero
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Qué incoherencias y que bien lo describes Tomás, eriza el vello este relato tan sumamente bueno!! Felicidades me ha gustado mucho.
ResponderEliminarBesicos muchos.
Gracias. Lo que no me perdonaré es que no se me ocurriera a mí lo de disparar a las piernas. La realidad siempre va un pasito más allá que cualquier horror que nos inventemos.
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