Temblamos ante ellos exactamente como los flanes que nos ponen cuando completamos una misión. También les lloramos imitando al lagarto y la lagarta del poemita aquel. Órdenes cumplidas con rigor. Incluso Carlitos, que ya controla esfínteres, logró hacerse pipí encima. Así fue como los soldados, que eran todavía de la especie humana, bajaron la guardia y los aniquilamos. Nuestros superiores saben que la piedad es un defecto que no tenemos en nuestro código genético. Pero al parecer olvidan que sí tenemos el de la ambición. Lo recordarán luego, en el cuartel general, cuando pretendan recompensarnos otra vez con una simples chucherías.
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La hora cero
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Como la vida misma Tomás. Muy buena tu apuesta.
ResponderEliminarBesicos muchos.
Me ha recordado a aquella película de Ibáñez Serrador. Los pelos de punta. ¡Genial!
ResponderEliminarBesos.