lunes, 13 de abril de 2020

Odisea

Los días le empiezan a parecer indistinguibles. No encuentra ni sombra de épica en su rutina. Levantar a los niños, ayudarles a organizar sus tareas. Jugar con ellos. Separarlos en el fragor de una pelea, alguna vez desesperarse y reñirles. Contarles historias. Lograr que pase el tiempo o lo parezca. 


Ha aprendido a conjugar el verbo teletrabajar. A veces logra que aquello pase por ser un lugar de trabajo apropiado, que las risas y los gritos de los niños no se cuelen por el micrófono del portátil, con el que vaga de un rincón a otro de la casa en busca de wifi y de silencio. Cuando baja al súper se acuerda de las colas que le contaba su madre de cuando todo aquello. Así que la llama: ¿estás bien? ¿necesitas algo? Cada noche busca en internet nuevas ideas, platos que cocinar al día siguiente, rutinas diferentes, porque las de hoy ya parecen como deshechas, gastadas por este tiempo plano y gris, como un tapiz desvaído con el roce.

Cada tarde sale al balcón a aplaudir. Aplauden a Esculapio, entregado a la curación y al cuidado. O a Sísifo, que intenta día tras día que la roca no vuelva a rodar ladera abajo y nos aplaste. Aplauden los esfuerzos titánicos de Hércules para que todo siga donde debe. Y los desvelos de tantos otros. Incluso los del mismo Homero, que inventa mundos para que el nuestro nos parezca más comprensible y habitable. Se acuerda también entonces de su esposo ausente, obligado a viajar sin descanso. Ella (o quizás sea él, quién sabe) se llama Penélope, y no suelen mencionarla entre los héroes.

domingo, 8 de marzo de 2020

Las palabras de la abuela María

Mi abuela María tiene un diccionario. Bueno, en realidad tiene un montón, y siempre hay dos o tres abiertos sobre su mesita de trabajo. Lo que quiero decir es que ella está escribiendo uno, que un día será un libraco con varios tomos, y que ahora está desparramado en miles de fichitas con su letra elegante y apretada, y las fichitas a su vez se aprietan en cajas y cajas, que tienen siempre una letra dibujada a rotulador por fuera. A veces la abuela deja que me siente a su lado a hacer los deberes, y trabajamos juntas, cada una en lo suyo, aunque al final ninguna de las dos trabaja, porque nos vamos dejando enredar por las palabras de su colección. Sí, mi abuela colecciona palabras, igual que el padre de Teresa colecciona mariposas, y las pincha, las clasifica y las mira con lupa. Mi abuela dice que dónde va a parar, que las palabras están vivitas y coleando, y hay que pelearse con ellas para que entren en la fichita que les corresponde, ordenaditas y en fila, como si volvieran del patio a clase de Lengua. Porque las palabras se resisten y juguetean, y se enredan unas con otras, como las cerezas.


Ocurre que mi abuela, que tiene tantas palabras, habla poco. Casi siempre prefiere sonreír. De vez en cuando me lleva de la mano a explorar palabras, y se nos pasan las horas muertas saltando de una a otra, como cuando cruzamos el arroyo en verano de piedra en piedra y siempre parece que estamos a punto de caernos. Pero mi abuela se sabe todos los caminos y todos los atajos entre las palabras, y es como si tuviera un mapa dibujado dentro de la cabeza. Sus fichitas están llenas de flechas que señalan a otras palabras, y si las siguiéramos todas el recorrido no acabaría nunca. Nosotras lo dejamos cuando tenemos la cabeza llena de palabras, y ella dice que nos hemos empachado y que tenemos que dejar la mente en blanco y sacudirnos las miguitas de palabras.

Hoy en el cole me han mandado una redacción sobre el Mio Cid, y le pregunto a la abuela por qué nunca salen héroas. Suelta una carcajada, y me lleva a la caja de la hache. Allí buceo un rato, hasta que encuentro heroína, y pone que es la forma femenina de héroe. Es una de esas fichitas breves, sin ejemplos ni nada. Así que busco héroe, y leo que es la persona que realiza una hazaña admirable, para la que hace falta valor. Mi madre siempre dice que hay que ver el valor que tiene la abuela, y papá que lo de su diccionario es una hazaña para una mujer sola, y que un día tendría que tener un sillón para ella en la Academia. Mamá le contesta que parece tonto, que en la Academia no entran mujeres. Le pregunto a la abuela si ella es una heroína, pero sonríe y no me contesta. Miro el ejemplo, que viene justo después de uno de esos avisos que la abuela deja siempre para que se entiendan bien todas las palabras: “se emplea muchas veces hiperbólica o irónicamente”. Sí sé lo que es irónicamente, porque la abuela lo dice mucho.  Hiperbólica no lo entiendo, pero si me distraigo buscándola el viaje me llevará lejos, y ahora estoy con héroes y heroínas. Así que sigo leyendo el ejemplo que ella ha escrito en la fichita: “Eres un héroe, levantándote a las seis de la mañana”. Debe de ser una de las travesuras que la abuela se permite algunas veces, porque ella se levanta a las cinco para trabajar con sus palabras, que luego con los nietos, las cosas de la casa y con cuidar al abuelo Fernando dice que apenas le cunde el tiempo.


Después de un rato de silencio noto que se me viene a la boca una palabra que susurraron el otro día mis padres, que a veces bajan la voz cuando hablan de cosas de los abuelos. Me pasa entonces como cuando la gata va vomitando bolitas de pelo por toda la casa y, sin poder evitarlo, la suelto: Depurada ¿qué significa estar depurada, abuela? Ella la recibe como un puñetazo, pero no deja de sonreír, suavito, como ella suele, pero con los ojos mirando muy lejos. Me lleva entonces a la caja de la letra de. Pero esta vez no espera a que busque yo, y me señala directamente en la fichita que se titula depurar la tercera definición: “tr. Puede tener un significado político: someter a investigación a un cuerpo u organismo para eliminar de él a las personas consideradas peligrosas o desafectas al régimen que impera”. Y más adelante, el ejemplo, esta vez sin ironías ni travesuras: “Fue depurado y expulsado de su cargo”. Después, con el número cuatro, por uno de esos caprichos de las palabras, aparece justo lo contrario, tras un asterisco: “Rehabilitar mediante expediente a alguien que estaba separado de su empleo por causas políticas”. Yo también había oído decir que al abuelo Fernando lo habían rehabilitado hacía tiempo, pero a la abuela no, porque había sido misionera o algo así cuando la República.

Luego, la abuela me acaricia el pelo, y me dice que su trabajo con el diccionario también puede ser depurativo, que según otra ficha es lo que sirve para depurar. Y me señala que depurar también significa “limpiar una sustancia de lo que está mezclada con ella y la perjudica o no sirve”, y que “se emplea particularmente en sentido no material como acrisolar, refinar o perfeccionar hasta el máximo un sentimiento, el gusto, etc.” Me acuerdo entonces de lo que ella siempre dice, que las palabras no son malas ni buenas, que todo depende de para qué las usamos. Y le digo que prefiero esa definición, y que me gusta cómo ella depura las palabras. Pero ya no dice nada más, solo sonríe otra vez y me da un beso.

jueves, 13 de febrero de 2020

Cómo implosionó todo

Sabemos que las probabilidades de que una tostada dejada caer accidentalmente aterrice sobre el lado de la mantequilla (algunos refieren resultados similares con manteca o zurrapa de lomo) son inversamente proporcionales a la cantidad de tostada ingerida hasta entonces, y directamente al hambre del sujeto que tan torpemente la sujetaba.

Me ha costado un buen número de arañazos, pero así es la ciencia. Los gatos caen siempre de pie, también es un hecho. Así que una vez amaestrado convenientemente para que tolerara mi tostada adherida a su lomo, el próximo desayuno enfrentaré a dos principios del universo.

(Relato finalista en el concurso "San Catlentín" del Club de los Paraguas Perdidos. Ellos sabrán...)

miércoles, 5 de febrero de 2020

No es poco

Cuando Faulkner visitó aquel villorrio, le recibieron con pancartas.
El alcalde propuso el hermanamiento con Yoknapatawpha, y él protestó argumentando que era ficticio.
—¡Toma, y usted, y nosotros! —repuso el alcalde, señalando al sol, al que ese día le había dado por salir desde el sur.


sábado, 25 de enero de 2020

Negocios

Cuando Mefistófeles emergió de la niebla sulfurosa para cobrarse la deuda, encontró al lado de Fausto a un inflexible funcionario de sanidad, que finalmente se avino a aceptar como pago de la multa por emisiones contaminantes el alma maldita de Mefistófeles.


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lunes, 6 de enero de 2020

La noche de los tiempos

No puedes dormir, es imposible. Te has pertrechado de libros y linterna para pasar la noche lo mejor posible, oculto bajo las mantas. Ya quisieras tú dormir, en esta noche que siempre transcurre a paso de camello. La mejor noche del año, la más terrible. Ahí estás, inmóvil en la oscuridad, ahora que te han cerrado la puerta, y que tu hermano mayor ya duerme a tu lado como si el universo no pendiera de un hilo dorado esta noche. Le has pedido prestado el walkman porque no quieres oír ningún ruido de los que suena por la casa, porque no quieres profanar la noche parándote a averiguar cuál de ellos es rutinario y suena en realidad todas las demás noches mientras tú duermes, y cuál corresponde a la magia en zapatillas. Ya tienes una edad, te dijeron hace unos meses, ya es hora de que sepas. Pero eso no te ha quitado los nervios. La decepción de conocer el truco del ilusionista no te hace abjurar de la ilusión. El año pasado, cuando te despertaste por la mañana, aunque tú jurarías que no habías dormido ni un minuto, la puerta de tu cuarto volvía a estar abierta, y un reguero de caramelos brillaba en el pasillo. Y en el bolsillo de tu bata de cuadros, sobre tu misma cama, descubriste una piedra negra y reluciente. Ya tienes una edad y es hora de que sepas, aunque tú no pediste saber, aunque tú te peleabas en clase con tus compañeros, tan escépticos, tan creídos, tan mayores ellos. Existen ¿me vais a decir a mí que no existen?


Ya tienes una edad como para pasarte dos horas en plena madrugada poniendo pegatinitas a los puñeteros juguetes de los niños, después de sacarlos de cajas llenas de alambritos, envoltorios diseñados para resistir al apocalipsis nuclear, para producir tanto desecho de plástico y cartón como sea posible, juguetes pensados para que un padre se pase media noche pegando miniaturas, componiendo piezas para que la magia no sepa a cajas de corteinglés. Todo después de fingir la normalidad de cada noche, nosotros también nos acostaremos temprano, claro, no queremos que los Reyes nos pillen despiertos y se vayan. Y acercarse al cuarto, y decidir entre risas ahogadas y susurros si esa respiración es de niños dormidos o de nerviosismo y ojos apretados. Y cuando ya decidís que sí, que es el momento de la magia de altillos y escondites, un crujir excesivo de bolsas, una pieza que se te cae de las manos y rebota con un escándalo de accidente aéreo, y quedáis paralizados y en silencio, sintiéndote tú el ayudante torpe y traidor, que ha estado a punto de dejar al descubierto el truco de esta noche.

Ya tienes una edad, así que proteges a tu hermano pequeño, y te indignan todas las pistas que dan por la tele. Es cierto que ha habido un locutor cómplice y un poco rimbombante que ha contado en el telediario que esta noche los de la limpieza regarían las calles con mangueras de niebla para ponerle fácil el trabajo a Sus Majestades. Pero es una isla en un océano de indiscreciones pequeñas y enormes. Hubieras fulminado a ese padre con el que os habéis cruzado esta noche, cuando volvíais de visitar a Juana, la viejita que es medio pariente y vive dos calles más allá, y de llevarle su roscón, como cada año. El padre iba cargado con una bolsa enorme, y un todavía más enorme camión de plástico amarillo, un camión evidente, provocativo, que sus prisas de cinco de enero por la noche le impedían ocultar como es debido. Entonces se te ha ocurrido la genialidad de provocar una pelea con tu hermano, para enfadarle, para distraerle, porque te sientes un profesional del engaño y la estratagema, porque es importante que no se dé cuenta, él que todavía no se da cuenta, en realidad no entiendes cómo. Así que recibes la bronca de tus padres como un espía con motivos heroicos para callar, como un mártir de la Magia.

Quizá porque ya tienes una edad, tus padres hace mucho que no están, y esta noche los echas minuciosamente de menos. El regateo sobre la hora a la que nos podremos levantar mañana, la negociación al revés donde cada minuto de adelanto era una conquista. Tu padre se divertía dándoos largas, y tu madre con pequeños codazos, no seas así. Pactáis que cuando se vea la luz del sol sí, entonces si podréis gritar ¡los Reyes, los Reyes! e irlos a despertar, y abrigarse con la bata en el pasillo helado, brillante de caramelos, con una misteriosa notita pegada con celo en la puerta del salón, donde las coronitas dibujadas no son suficientes para disimular la letra evidente de tu madre ¿no se da cuenta? que mi hermano no ate cabos, por favor. Y los gritos impostados de tu padre, que nunca ha sabido hablarle a los niños, la risa de mamá que sí sabe, pero se muere de risa viendo los intentos de papá, que por fin ha consentido en salir de la cama, pero se pasa una eternidad en el cuarto de baño peinándose, provocándonos con su tardanza. mientras ya nos hemos leído ocho veces la nota y estamos dando saltos en el pasillo helado mientras le esperamos para abrir la puerta y gritar ooohhhh. Hoy con la impresora se hacen maravillas, y te has descargado un tipo de letra que solo usas esta noche, aunque los acentos tenéis que ponérselos a mano, y tu mujer es una Maga de los envoltorios y los cartelitos, una escaparatista casera que deja el salón irreconocible con tu ayuda patosa. Pero esta mañana eres tú el que tienes que despertar a los niños, es el mundo al revés, te dices, y piensas en tu padre, y en las pegatinas que te han dado la noche, en el punto de sadismo de los fabricantes de juguetes, que se aprovechan de que no tenemos escapatoria.

Tú ya tienes una edad, sin duda, y sabes que todo el tiempo se comprime en esta noche extraña, y tú eres tú, y tus padres, y tus hijos al mismo tiempo. Que todo el universo pende esta noche de un finísimo hilo dorado, pero ya es de día, por fin: ¡Arriba, niños, los Reyeeeeeees!

viernes, 3 de enero de 2020

Tradiciones

“Dame el aguinaldo, / carita de rosa / que no tienes cara/ de ser tan roñosa. / La campana gorda / de la catedral / que te caiga encima / si no me lo das...” 
Los chicos cantaban siempre ese villancico, no había más malicia. Pero escucharlo del hijo del campanero, después de lo que pasó, y siendo yo la nueva sacristana, me hizo buscar el monedero sin tardanza.

Errare humanum est

 Como no tenéis corazón, no os importa que yo haya entregado mis mejores años al proyecto Munchausen. Vuestros androides me reclutaron en la...